Aprendizaje y memoria son dos procesos cerebrales estrechamente ligados que originan cambios adaptativos en la conducta. La estabilización de los cambios neurales que tienen lugar tras el aprendizaje permite la consolidación de las memorias y su mantenimiento a largo plazo. Cuando aprendemos podemos utilizar de forma interactiva dos tipos de estrategias cognitivas. Una de ellas se basa en la repetición del entrenamiento y da lugar a la memoria implícita, una memoria de hábitos, inconsciente y rígida, que difícilmente se expresa en situaciones diferentes a la original. Radica en las regiones cerebrales que procesan información sensoperceptiva, motora y emocional, como la neocorteza, el neoestriado, el cerebelo o la amígdala. La otra estrategia cognitiva es relacional y origina la memoria explícita o declarativa, una memoria consciente y flexible que puede expresarse en situaciones y contextos variados. Es dependiente del sistema hipocampal y se basa en información distribuida en amplias regiones cerebrales. La denominada ‘memoria de trabajo’ es en realidad un sistema de cognición ejecutiva basado en interacciones entre la corteza prefrontal y otras regiones cerebrales. La evocación de las memorias complejas generalmente consiste en un proceso activo de reconstrucción del pasado que incluye las nuevas experiencias del sujeto que recuerda. La reactivación de las viejas memorias puede iniciar procesos genuinos de reconsolidación o extinción. El olvido podría depender de alteraciones en los circuitos neurales que almacenan la información o también de procesos activos que dificultan la consolidación o impiden la expresión de las memorias.